Abrazados por la Columnata de Bernini, nuestro primer pensamiento de gratitud es para el Santo Padre León XIV, Blanca Paloma de la Paz, que hoy nos acoge en su casa.
Gracias, Santidad, por este regalo de Navidad; y ante el Belén de esta Plaza, como niños que prometen no ser traviesos en Navidad, te pedimos otro regalo: te esperamos en nuestra Diócesis para rezar juntos ante la tumba de San Alfonso M. de Ligorio.
Una palabra de gratitud al Presidente y a todos los miembros del Governatorato con los que hemos trabajado en sinergia para realizar el regalo de pesebre que la Diócesis de Nocera Inferiore-Sarno ofrece al Papa y al mundo en este Año Santo de la Esperanza.
Saludo a Su Eminencia y a los Obispos presentes.
Gratitud por las mentes, corazones y manos de las empresas y trabajadores, profesionales, artesanos y artistas que realizaron nuestro proyecto firmado por el Arquitecto Angelo Santitoro.
Y gracias a todos los apasionados comunicadores de esperanza que hacen circular las imágenes y las palabras por las calles del mundo.
Gracias a nuestra Iglesia Diocesana, diversa en sus vocaciones, a su primer Obispo y Patrono San Prisco, a las Personas, Instituciones y Alcaldes, que respondieron con entusiasmo a la llamada del Obispo a vivir y hacer vivir al territorio días de maravilla y asombro.
Y un pensamiento agradecido para tantas otras manos y tantos otros corazones; y para todos aquellos que, ya más allá del seto, miran esta noche desde la puerta del cielo para admirar este maravilloso espectáculo.
El Pesebre, arraigado en nuestros corazones en la escuela de San Alfonso M. de Ligorio, es un icono realista de un pueblo que, en la riqueza del arte, de las tradiciones, de los cantos, de sus Santos, Beatos y Siervos, se encamina hacia esa gruta donde el cielo ha descendido a la tierra y ha echado raíces en ella; es Admirable Signum, diríamos con el Papa Francisco, con quien comenzó este sueño, donde cada uno redescubre su dignidad y su lugar para construir juntos, en el trabajo y la alegría de los días, la Civilización de la Esperanza.
Me viene a la mente una obra de la cultura napolitana: Natale in Casa Cupiello de Eduardo De Filippo:
Cuncè, mo me facile rompere ‘o presebbio. Pero, de verdad, ¿me dejas en paz?
¡No puedo distraerme! Aggia fare ‘o Presebbio|
Concetta: Lucarie’, tu stisse facendo a’ Cupola e San Pietro?
Emiettece duie pasture ncoppa, come vanno vanno…
En el hogar de los Cupiello, como en todas las familias, se acumulan los problemas, los nubarrones y los trabajos cotidianos; pero Don Luca, como si no pasara nada, sigue haciendo el belén, dándonos una maravillosa lección de sabiduría y esperanza.
Sí, nosotros también, a pesar de las voces en contra, seguimos montando el belén no para distraernos o alejarnos de las tormentas del mundo y de la vida; no por mero gusto estético, sino para ofrecer a todos, especialmente a los peregrinos en la niebla, una señal fiable de esperanza, que les muestre el camino hacia Belén.
Lo seguimos haciendo con alegría, habiendo aprendido la lección del Padre de la luz (cf. Sant 1,17) que, en una noche oscura, encendió en la tierra la luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1,9), una luz que ilumina y no deslumbra.
Llevados de la mano de los pequeños y del pastor de la Esperanza, entramos en el misterio en cuyo umbral nos acoge María, la Madre de la Navidad:
«Ella abrió la puerta y acogió la procesión de los Magos…. Ella abrió la puerta de la que fue engendrado el Niño nuevo, el Dios anterior a los siglos» (Romano el Melode, in Nativitatem I).
Cuando abandonemos esta plaza única y salgamos a las calles del mundo, también nosotros nos llenaremos de asombro y admiración por ser no sólo artesanos, sino artistas de la paz en Belén, cuna del Príncipe de la Paz.
Y ahora, mientras todas las estrellas están en el cielo, acerquémonos a ellas en silencio religioso, porque «Aquí todo tiene voz, todo tiene sentido» (San Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5 de enero de 1964).





